Desde la primera vez que leí siendo madre primeriza El concepto del Continuum de Jean Liedloff, sin poderlo evitar, me invadió un angustioso sentimiento de fracaso maternal. ¿Las razones? podría decir unas cuantas, pero la más inquietante para mí era ¿Cómo podía ser que los hijos de los Indios Yequana no llorasen o se peleasen? ¿Cómo podía ser? ¿Que mis hijos peleasen y llorasen significaba que estaba fracasando en la crianza?

Desde aquella primera vez ha habido más relecturas, más hijos y nuevas perspectivas vitales, y ahora me he reencontrado con este maravilloso libro desde otro punto de vista, creo que más sano y más realista. En cuanto a la crianza de mis hijos he aprendido a aceptar aquello que no podía cambiar de la forma inherente de crianza que venía asociada a vivir en una ciudad y en una sociedad occidental, pero también he podido entender que en mi deseo de de volcarme en una crianza respetuosa y natural había malinterpretado parte del mensaje.

Cuando hablamos del concepto del continuum normalmente nos viene a la mente la importancia del contacto corporal con la madre, y sí, eso es primordial. Pero al quedarnos solamente con esta impresión, normalmente obviamos el comportamiento que se espera de la madre: es de vital importancia que el adulto esté ocupado principalmente en actividades de adulto y no centrado en exclusiva en el cuidado y observación del bebé.

El bebé crece imitando: el bebé caminará porque a su alrededor las personas caminan, el bebé estará inmerso en su propio quehacer de bebé porque a su alrededor los adultos están centrados en su actividad adulta.

Os comparto el artículo "¿Quién tiene el control? Las infelices consecuencias de tener al niño como centro" (Who's in Control? The Unhappy Consequences of Being Child-Centered) de Jean Liedloff , ya que ofrece una visión clara de este aspecto. Lo que viene a continuación son sólo extractos del mismo.

"Sólo tras la cuarta de mis cinco expediciones me di cuenta de que nunca había visto un conflicto ni entre dos niños ni entre un niño y un adulto. No sólo los niños no se pegaban, ni siquiera discutían. Obedecían a sus adultos al instante y alegremente (...). ¿Dónde estaban los "terribles dos"? (...)

[La gente que me consulta en mi práctica privada] querría saber cómo pueden criar a su hijo de forma feliz y fácil. Muchos de estos padres habían tomado mi consejo y, siguiendo el ejemplo Yequana, habían llevado a sus bebés en contacto físico todo el día y noche hasta que habían empezado a gatear. Algunos, sin embargo, estaban sorprendidos y preocupados al darse cuenta de que sus niños se estaban volviendo "demandantes" o crispados - a menudo con su cuidador principal. El temperamento del bebé no mejoraba con la cantidad de dedicación o auto-sacrificio. Los crecientes esfuerzos para aplacarlo no hacen más que aumentar la frustración tanto en los padres como en el niño. ¿Porqué, entonces, no tenían los Yequana la misma experiencia?

La diferencia crucial es que los Yequana no están centrados en el niño. Ellos pueden de vez en cuando hacer carantoñas afectuosas a sus bebés, jugar a cucu-tras, o cantarles, pero su cuidador principal pasa la mayor parte del tiempo atendiendo a otra cosa... no al bebé! Los niños que cuidan de los bebés también consideran esto como una no-actividad y, aunque cargan a los bebés consigo a todas partes en raras ocasiones les prestan atención directa. Así, los bebés Yequana se encuentran a sí mismos en medio de actividades a las que más adelante se sumarán a medida que vayan pasando por las fases de arrastrarse, gatear, caminar y hablar. La vista panorámica de su futura experiencia en la vida, comportamiento, pasos, y lenguaje les provee de una base rica para su participación en desarrollo.

Que jueguen con él, le hablen, o le admiren todo el día priva al bebé de esta fase de espectador en brazos que tan bien le sienta. Incapaz de decir lo que necesita, va a exteriorizar su descontento. Va a intentar llamar la atención de su cuidador, aunque - y aquí está la comprensible causa de confusión - su propósito es conseguir que su cuidador cambie su experiencia insatisfactoria, que se dedique a sus propios asuntos con confianza y sin que parezca que pide su permiso. (...)

Parece ser que muchos padres de niños pequeños, en su ansiedad por no ser ni negligentes ni irrespetuosos, han ido a parar directamente a la otra dirección. (...) Han pasado a estar centrados en sus hijos en lugar de estar ocupados en actividades de adultos que los niños pueden ver, seguir, imitar, y asistir tal y como es su tendencia natural. En otras palabras, como el niño quiere aprender lo que su gente hace, él espera poder centrar su atención en un adulto que está centrado en sus propios asuntos. Un adulto que para de hacer lo que sea que esté haciendo y intenta averiguar qué es lo que el niño quiere que haga es un cortocircuito en sus expectativas. (...) [El adulto] parece que no sabe cómo comportarse, que carece de confianza y, incluso más alarmante, que está buscando quía en él, un bebé de uno o dos años que confía que [el adulto] estará calmado, será competente, y estará seguro de sí mismo. (...)

Por decirlo de forma sencilla, cuando un niño se ve impulsado a intentar controlar el comportamiento de un adulto, no es porque el niño quiera triunfar, sino porque el niño necesita estar seguro de que el adulto sabe lo que está haciendo. (...) A ningún niño se le ocurriría intentar quitarle la iniciativa a un adulto a menos que el niño perciba que esa es la acción que se espera de él - no que se quiere, pero que se espera! Por otra parte, una vez que el niño siente que ha alcanzado el control, se siente confundido y asustado y tiene que ir a algún extremo que obligue a los adultos a tomar el control de vuelta a donde toca. Cuando esto se entiende, el miedo de los padres a imponerse a su hijo se disipa, y ven que no hay lugar para la contradicción. Al mantener el control, están cumpliendo con las necesidades de su amado hijo, en lugar de actuar en contra de ellos. (...) "

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